Historia primera

No busques. ¿Qué persigues? Dejaste la persiana abierta y ahora entra poco a poco el sol y te enciende los párpados.

Un amanecer apacible, sin estridencias. Solo una luz nítida, que lo inunda todo, inconcebible a través de las ventanas de tu apartamento. Allí, la avenida, el cielo, tu humor, es del gris del alquitrán. Al despertar, durante ese primer segundo tan largo, te preguntas: ¿dónde estás? Este lugar es la paz de tus sentidos y, no puedes evitarlo, deseas que ese segundo dure para siempre. Estás, a la vez, tan cerca y tan lejos de casa, de la ciudad. Te desembarazas de la sábana, pie a tierra; las losetas están templadas y el escalofrío que te recorre la planta y muere en la cadera es placentero. Mientras empujas la puerta de la sauna —quieres relajarte un rato antes de darte una ducha— cantan afuera pájaros, y te gustaría saber distinguir trinos como identificas la alarma del despertador, la sirena de un coche patrulla o la ambulancia que pasa atronando. El único sonido al que prestabas atención ayer, hace unas horas en realidad, era tu móvil.

Querías llegar a Jarandilla de la Vera antes de que anocheciera. Venías con el coche directamente desde la oficina, habías guardado el equipaje para la escapada en el maletero por la mañana. Vibró el teléfono, olvidado cerca de la palanca de cambios, miraste la pantalla y diste un volantazo. Era una curva suave, no había tráfico. No pasó nada pero el corazón te dio un vuelco. Y te enfadaste y quisiste abroncar a quien llamaba: ¡Dejadme en paz! Era del trabajo. Volvió a sonar el móvil cuando hacía tiempo que habías aparcado y estabas en lo alto de una garganta, en una roca al filo del curso del agua, rumiando tus pensamientos: el vencimiento de un contrato, facturas, tanto quehacer pendiente; ¿acaso no estabas perdiendo el tiempo ahí?

A tu alrededor, después de una senda breve de arena: robles y cerezos, olivos y almendros, colinas de un verde salpicado de color. Con la vibración se te escapó del bolsillo, se escurrió el teléfono entre los dedos y cayó al suelo. Llamaban del trabajo, de nuevo. Lo agarraste, apretaste con fuerza el aparato sin responder y te planteaste, sin atreverte a hacerlo de veras, tirarlo al río. Sería fácil, ¿no? ¿No buscabas eso, huir de los que estaban del otro lado del teléfono? Pero en vez de eso te descalzaste, te arremangaste el pantalón y te metiste hasta las rodillas en una zona de la orilla donde el agua de la cascada perdía velocidad y se veía cristalino el fondo del río. Estaba fría, resultó tranquilizador.

Detrás de esa loma a tu vista, más allá de ese horizonte, hay un bosque que esconde filas de cruces de piedra, el Cementerio de los Alemanes. Y, junto a él, está el monasterio de Yuste. Un lugareño te contó que la casa donde te refugiabas se levantó en el mismo tiempo en que Carlos V supo que no le quedaban fuerzas para gobernar los designios de su imperio; que la posada era entonces un convento de jesuitas, orden monástica de la que desconfiaba tanto el emperador que prefirió Yuste y a los jerónimos, para su retiro. Carlos V llegó sediento, la primera vez que pisó la comarca, y pidió vino. Tardaban, nadie de su comitiva tenía cómo satisfacer su deseo hasta que un criado dio con un monje de la Compañía de Jesús que salía de la casa. Fue ese sacerdote quien le ofreció una botella del vino que él mismo elaboraba, con vides regadas por el pozo que excavó, a las que no recortaba tantos pámpanos, convencido de que así sabría mejor.

Un adelantado a su tiempo, un pionero. El criado no se atrevió a mencionar de dónde había sacado el vino, el emperador halagó el trago y, durante todo el año, lo envió cada poco a por más. Hasta que las bodegas de la posada no dieron abasto y el paje se vio obligado a confesar la procedencia. Ese monje jesuita siguió proveyendo de vino al emperador hasta su muerte. El vapor de la sauna ha inundado la habitación cuando sales de la ducha y se escapa por el balcón. Te asomas y el aire fresco te golpea, te llena, tienes energía para correr durante horas, para saltar, para gritar, para bailar. Ni rastro de esa somnolencia que te persigue cada mañana de camino al trabajo. Y también tienes, te acabas de dar cuenta, hambre.

Te ha abierto el apetito el humillo, ese humo que sube cargado del olor de un horno de leña, a pan recién hecho. Así que sin vestirte del todo bajas a la cocina. La mesa está tallada de una sola pieza de madera, maciza y larguísima. Sobre la rebanada viertes un chorro de un aceite que proviene de la misma provincia de Cáceres, dorado y denso. Muerdes y masticas despacio, paladeando. Luego agarras un cuchillo y te acercas a algo que te llama poderosamente la atención, ahí, clavado al soporte. Cuando la hoja metálica está a punto de tocar la pata de jamón escuchas lejana la melodía del tono de llamada de tu teléfono. Te palpas los bolsillos, buscándolo. No está. ¿Cuándo fue la última vez que saliste sin tener contigo el teléfono? No corres escaleras arriba para cogerlo. Hoy, aquí, no importa el móvil. Has cortado la primera loncha y el jamón a veces resplandece con un rojo intenso y a veces parece más opaco. Te llevas los dedos a la boca, un pedazo, luego otro y otro. Hasta que no has cortado al menos diez no empiezas a colocar el jamón sobre el pan con aceite. El teléfono sigue sonando. Sales al jardín con una taza de café y un puñado de cerezas. Te sientas y te detienes a, simplemente, contemplar el cielo: la sierra de Gredos, en tus narices, y el valle que te rodea. ¿Y si sales después de desayunar a hacer una excursión? Esos paisajes son como de pintura romántica. No sabes, todavía no has decidido y tampoco hay prisa. Nada urge, sientes que en ese instante lo puedes todo. Sí tienes claro, sin embargo, que volverás a salir para contemplar la puesta de sol. La de ayer fue magnífica. Tragas la última cereza y, de repente, lo que oyes ya no se parece a la vibración de tu teléfono. Escuchas pasos. Pasos que repiquetean, que se acercan adonde estás. Un ruido sordo. Alguien golpea el portón. —¡Ya estamos aquí! —¿Qué? Tus amigos se agolpan en la entrada. Te dijeron que no podían venir, que no vendrían, pero solo querían darte una sorpresa. Ya no tenías esperanza, creías que pasarías el fin de semana en soledad. —¡Te hemos llamado cien veces para que nos abrieras! ¿Por qué no has cogido el teléfono?¿Qué persigo? ¿Qué busco? Degustar la vida sin agobios, donde cada mordisco tenga un millón de matices. Donde cuanto me rodea sea puro deleite; que sea más puro que nada que pueda verse, tocarse, olerse. Y, por supuesto, el calor de mi gente. A ellos.

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